Homenaje a la hermana Francisca Lemieux

He aquí para todos ustedes, el homenaje de la hermana Juliana Turmel, o.p., priora general, a nuestra muy amada hermana Francisca Lemieux. Dejémonos inspirar por el ejemplo de su vida, ella ha tenido “múltiples actividades apostólicas ensanchando su maternidad espiritual, que ella ejerce por decirlo así sobre cada persona que encuentra, yendo de una simple mirada que se quiere aquel de Jesús, hasta los numerosos coloquios: el amor de Jesús en la Eucaristía, la Virgen María, la llamada a la santidad, u otro tema sobre la vida espiritual, son el telón de fondo.”

Queridos miembros de la familia de s. Françoise Lemieux

Queridos parientes y amigos

Hasta el final del don de sí, hasta el final del amor: he ahí lo que resume la vida de nuestra querida hermana Francisca, que hace parte del grupo que nombramos familiarmente: nuestras Primeras. ¿Por qué? Porque ella entró en la comunidad cerca de un año después de su fundación, y se comprometió con cinco otras hermanas por los votos temporales, el mismo día cuando nuestra fundadora hizo su profesión perpetua. El 7 de octubre próximo marcará el 70 aniversario de este acontecimiento histórico para nuestra comunidad.

Muy joven, Francisca vive la llamada a la vida religiosa escuchando a su madre hablar de sus hermanas religiosas con su padre. Entonces ella se cuestiona: ¿qué es una religiosa? Y brota en ella el sentimiento que es una persona que vive para Dios sólo… Encantada, ella también deja brotar el deseo de vivir para Dios sólo.

En su familia, sus primeros años están marcados por los duelos: siete de sus hermanos y hermanas, de los cuales el mayor tiene 17 años. Ella cuenta que en esta época, el duelo estando visible por llevar vestimenta negra, su madre tuvo que obligarse a ello por mucho tiempo. Un día, viendo sin duda que era suficiente, su padre esconde todas las ropas negras de su mujer y los niños vuelven a encontrar a su madre vestida (con vestimenta) de colores.

A los 14 años sobre todo, ella sueña de nuevo a la orientación de su vida. Ella gusta de las salidas, la danza, los encuentros, los muchachos… Sin embargo, anota ella, la lectura de la vida de los santos le hace descubrir a hermanos y hermanas bien cercanos… Ella vuelve a su deseo de la vida religiosa y comprende que ella también está llamada a la santidad. Hacia María, ella cultiva un amor filial que le viene de su madre, cuya piedad marial, expresada sobre todo por la oración del rosario, es remarcable. Ello explica en parte el nombre que s. Francisca lleva en religión durante veinte años: Madre Bernardita del Corazón Inmaculado.

A los 17 años, ella decide de entrar en la vida religiosa y busca su comunidad. A finales de febrero 1946, ella conoce a madre Juliana, fundadora de nuestra comunidad naciente; ella encuentra allí el ideal que busca y el 4 de abril siguiente, ella es acogida allí. Con solamente 18 años, Francisca se da a Jesús con fervor, en el impulso de su juventud. Ella anota: “Entré y me dí totalmente, sin condición; y es ese mismo don que actualizo cada día, cada instante”.

Nuestra postulante posee muchos talentos. Artista, ella es asignada a los trabajos de arte, donde pinta motivos religiosos sobre lienzos, velos de tabernáculo, vestimentas litúrgicas… Ayuda también a madre Colette a fabricar remarcables tortas de bodas. Es así que la joven comunidad gana su vida en esta época. Pero durante este tiempo, el Señor moldea en ella la obra de arte, único que ella es para él.

Después de su profesión, s. Francisca asume numerosas responsabilidades en la comunidad: consejera general desde 1948; y de 1955 a 1985, responsable ya de profesas temporales, ya de novicias, de postulantes… en una palabra, casi de todas nosotras, presentes aquí y en Perú: ¡Qué tarea! Ella nos acompaña con respeto, dulzura, paciencia, acogiendo con humor los juegos “maliciosos” que las jóvenes saben muy bien inventar para relajarse. Ella nos enseña el seguimiento de Jesús presentándonos, entre otras, sus dos santas preferidas: Teresa del Niño Jesús y Elisabeth de la Trinidad.

Jesús ofreciéndose sin cesar en la Eucaristía y la presencia de la Santísima Trinidad en su alma la aspiran por decirlo así al interior de ella misma, en un silencio y en un recogimiento que nos incita a hacer lo mismo.

Además, a partir de los años 1970 sobre todo, múltiples actividades apostólicas ensanchan su maternidad espiritual, que ella ejerce por decirlo así sobre cada persona que ella encuentra, yendo de una simple mirada que se quiere la de Jesús, hasta numerosos coloquios: el amor de Jesús en la Eucaristía, la Virgen María, la llamada a la santidad, o todo tipo de temas sobre la vida espiritual, que son como el telón de fondo de su vida. 

Su acogida incondicional de las personas, sus atenciones y oraciones por todos los miembros de su familia que ella ha llevado hasta el fin, su apertura apostólica le atraen amigos en gran número. ¡Cuántos compromisos! Subrayo algunos: catequesis para los niños en Neufchâtel, Fraternidad eucarística, Fraternidad DMA, los miércoles eucarísticos, misionera en Alberta, acompañamiento espiritual… Desbordante del amor del Corazón Eucarístico de Jesús, dotada de una grande calidad de escucha y de compasión, ella se hace presencia, deja la Palabra de Dios resonar a través de ella y orientar los corazones hacia el Padre, en Cristo, por el Espíritu Santo.

Todo parece ir bien, las actividades se continúan cuando una mañana de abril, ella es transportada al Hospital San Francisco de Asís. Además del mal que sufre, se descubre un cáncer; ante esta noticia, sabe que el fin está próximo y acoge en la paz y el abandono. Transportada a la Enfermería intercomunitaria de las Agustinas de la Misericordia de Jesús, es consciente que el mal progresa; la acompañamos, sorprendidas por la grande lucidez que ella conserva casi hasta el fin. “No moriré, me decía ella; es Jesús quien vendrá a buscarme”. Cuando Jesús viene, ella está lista: ella se entrega “como una ofrenda pura, un canto de amor y de adoración a la gloria de la Trinidad, por la Vida del mundo”.

Querida hermana Francisca, tú continuarás a vivir en los corazones; arriba, acuérdate que nos has prometido de acompañarnos, de ayudarnos. Te lo agradecemos con cariño.

Hermana Juliana Turmel, o.p.

Priora general

20 de septiembre 2018